Signo en el viento

«Hasta el día en que vuelva y hasta que ande
el animal que soy, entre sus jueces,
nuestro bravo meñique será grande,
digno, infinito dedo entre los dedos»
(Hasta el día en que vuelva, de Poemas Humanos)
César Vallejo

A pocos días del natalicio número ochenta de Ricardo Aguilar Humano, viejos signos han tocado a mi puerta, me traen la noticia del espíritu: colores y manchas me ha despertado de ese letargo amargo con que hemos vivido estos últimos meses. Es Humano quien ha llamado desde su lugar de habitación prediciéndome el eterno acertijo de la vida en el ojo de viento.
Todos los regresos son predilectos para los signos del amor y la guerra. Nada de lo que fuimos será espanto, nada de sentencia o falaz palabra. Locuaz son las manos de un loco terrible de amor y humanidad que existe a pesar de los siglos, a pesar de tantas lunas, bajo todos los colores y formas.
Conocí a Humano en el aleteo del viejo colibrí, en el monte del Valle del Señor, un diciembre cargado de vientos con olor a cañaveral. Y de pronto los colores fueron palabra, viejos signos de una legión que no existió para todos los corazones.
Su pintura nada le debe a este tiempo. Pinta lo que siente a través de su espíritu. Es una pintura que marca un antes y un después en su interior, como soplo divino en las cavernas de sus dobles e imaginarios visitantes nocturnos, como viejo caracol que se inserta en la boca de una hoja milenaria para transformarse en salvación.

Ricardo Humano en su estudio (octubre de 2020)

Observa, siempre observa, latente como niño que frente al mar, luego de interiorizar viaja hacia los profundos universos de la memoria. Su corazón viajero se incorpora al llano imperfecto de la lucidez, y crea a través de conciertos pictóricos, una obra que solo es perceptible por aquellos que en definitiva, buscan la libertad espiritual.

Obra de Ricardo Humano (155 x 130 cm Acrílico sobre tela)

Nada debe a este tiempo, ni a los que vendrán con oropéndolas cibernéticas exigiendo una estancia en esta tierra. Su corazón es el trópico profundo, un pedazo de tierra, un olor a tierra húmeda que observa y huele desde el balcón de su habitación por las mañanas escuchando al cenzontle que inaugura el día.
Ricardo, el Humano, a través de sus pinturas crea un lenguaje cifrado, como si el corazón tratara de indicar la ruta a través de las formas y los colores en el lienzo para llegar a una constante danza humana, danza animal, todas alegóricas como si buscara lo estelar más allá de los infiernos en esa ruta imperfecta de lo perceptible, como si un dios se elevara de sí a la eterna libertad, como si el eterno humano buscara liberarse de sí y de todas sus sentencias. Esa libertad no es casualidad, son años de búsqueda: El colegio en Santa Ana, el Externado San José, San Francisco California, Perú, San Salvador, Las Siete Joyas, La Palma, Francia…Nada es casualidad, todo es una constante búsqueda.
Su pincel no está condicionado a la perfección de la academia, a pesar que pasó ahí, a pesar que han pasado décadas, y que lejos de quedarse a la comunión de los elegidos, se aleja como pájaro anunciando su místico plumaje.

Obra de Ricardo Humano (200 x 171 cm, acrílico sobre tela)

Su pintura, es herencia de una legión de hombres y mujeres que creyeron en el Amor y la Paz, que una vez subieron a la montaña y no regresaron a la profanada ciudad, a no ser porque el embrujo de lo celestial e indómito así lo quiso, a no ser porque el designio de un dios de colores así lo predijo, y  es así, como Ricardo Humano está entre nosotros.

En su estudio, lienzos de gran formato anuncia esa vocación por el color. Una pintura que nunca enferma, que no necesita médico brujo, porque de ella la cura surge con espontáneo asombro, porque de ella a pesar de todo lo que nos circunda, no dejará de ser libre como un signo en el viento

Malpais, octubre de 2020

Por: Carlos Teshcal