GÜIRI GÜIRI

ROMANCE TERMINADO EN LA CIUDAD QUE DEJÓ DE SER.
Rolando Costa.

Llegó a casa de la joven a la hora precisa que habían acordado. Llevaba un ramito de campánulas.
-No está, pero regresará en diez minutos-, fue el recado que le esperaba.
¡Diez minutos! ¿Tanto tiempo?
Subió pues a la cumbre del cerro y allí se entretuvo en las gestas que relatan las enormes masas de nubes blanquísimas con un suave y delicioso tono celeste de fondo, al que se unieron las campánulas. Y luego volvió con una mariposa.
-Aún no ha vuelto. Dijo que en diez minutos, pero refiriéndose a que no tardaría mucho en volver, no a diez minutos exactos. Regrese usted otro rato. O mejor, si quiere, otro día, medió compasivamente el padre de la joven, y se tragó el reloj de bolsillo con todo y cadena de oro.
-“¿Otro rato? ¿Otro día?” La mariposa se disgregó al aire.
Subió de nuevo al cerro y allí se vistió con su mejor traje de combatiente; escogió el mejor de sus caballos y la más poderosa legión de caballeros; y vestidos así todos en traje de gala, con tal compañía se presentó, gavilán al hombro.
-Aún no regresa…
Apenas pudo terminar la mujer la frase, pues el gallardo joven la interrumpió:
-Diga a la princesita que ya no volveré. Y entréguele este pequeño gallo de plata.
De inmediato se despojó de los celajes  asombrosos, que fueron desapareciendo poco a poco y velozmente sobre el pavimento, transformado todo aquel aparato en una tierna y triste sonrisa. La sonrisa que deja un romance que no pudo ser. Y no se fue por ninguna calle pues ya no había calle en donde adentrarse en aquella ciudad que ya no era y que aquel joven gallardo había hecho desaparecer con sus ejércitos. Tan solo el pequeño y despreciable gallo que fue de plata quedó en la negrura, sin brillo y deforme trocito de plomo que, en un montoncito de  ripio tirado en el lodo en que los celajes diluidos convirtieron aquella ciudad, ¡que iba a cantar!
No voy a decir lo que pasó con el gallardo joven de las campánulas. No lo sé. Aunque es de suponerse.

Balbuceos

Romance costa