GÜIRI GÜIRI

MARAVILLA SE LLAMABA
Rolando Costa

1

Salí impulsado de esas oscuridades. Soy un sobreviviente. Disfruto de cada cosa bajo el sol, de la luz que me habla, del viento que canta y juega, de los aromas que acarician y pedruscos brillantes que divierten; todo sin preguntas. Mi corazón volvió. Alcor acaba de estar ante nosotros y alrededor nuestro jugueteando, alborozo entre pilares de luz, perrito de viento y brillo.
Me deleita el vuelo de una mariposa o de un abejorro, o la incomparable luciérnaga, que en sí misma tiene la energía suficiente. Otra realidad no es deseable. Acarician mientras alumbran sus bellezas.
Una parte en mí ha dejado de ser humana o ha llegado a ser más humana; de esto no existe duda ni certeza.

 2

Cómo he llegado allí, no lo sé. Me encuentro tirado y semidesnudo en el suelo, en solo pantalón y mochila. Narcotizado y aún es de madrugada. Lento en levantarme, cuando lo hago busco la calleja más ancha. Nadie asoma por las aberturas, tampoco escucho ruido alguno.
El dolor que padece mi cuerpo dificulta mis pasos; no hay duda de que he sido golpeado. Camino hacia una profundidad insondable; retorno sobre lo andado y mantengo la dirección que llevo en lo que sin duda, ahora lo compruebo, es el fondo de un barranco. Veo gente a los lados, de pie, adustos jóvenes   con la mirada dura y curiosa: inmutables, como los árboles. Si intento hablarles me señalan la salida. Cuando me vuelvo para verlos desde cierta distancia, ya fuera de la colonia, algunos de ellos sonríen, pero lo hacen, percibo, con sarcástica sonrisa. Subo por el graderío de otro asentamiento. En la última grada descanso; me entrego a la debilidad y a la pulsación doliente que sufro. Cuando decido levantarme, al lado de mi mochila encuentro ropa para cubrirme y zapatos, y hasta una bolsa con comida. Me visto y mastico. Siento deseos de llorar. ¡Ay! ¡Cuánto anhelo junto a mí otra mirada como la mía!

 3

Tendido juntó al barrilito de las frutas, boca abierta, moscas en la cara, junto a un niño arropado. La mujer, que siempre carga con ellos, atiende la venta muy osca y greñuda, sin hacer los chistes que hace Maravilla cuando está despierto y sobrio, vendedor de fruta helada, carretonero de alegrías y dolores, que también aferrado a los postes insulta a cualquiera y con cualquiera se devana en las esquinas, tatuado de cicatrices y carcajadas, doblador de postes, demoledor de tristezas.
Maravilla se llamaba; y enredado en soga de hilachas quedó su aliento: de andarivel colgaba Maravilla, y su alcohólica carcajada aún chorreaba de su labio, desde la garganta cerrada… La guerra vino después, con más moscas, cuando yo ya había crecido.

4

 … Gallinas picotean y rascan la tierra. Una mariposa agita sus relucientes alas en la hoja de yerba y más allá, en otra hoja, arriba del escarabajo, libélula roja se atalaya. Liba el colibrí, zumba la abeja y sobre gruesas migajas la mosca succiona. De la arboleda surge rabo alzado y olisqueando al aire un perro que se les acerca y a saltos atrapa en el aire esquirlas de pan que la mujer le arroja. Y mientras comen, el hombre se recrea en los contornos del regocijado instante. Entre sí se miran el hombre, la mujer y el niño, sonrientes: huidizos peces del silencio replegados y arropados en el sol de sus sonrisas.

Entre un cielo claro recomienza el hilaje de estruendo de cosas veloces que brillan con brillos metálicos y cegadores, además contra la yerba, contra la mariposa, contra el escarabajo, contra la libélula, contra el colibrí, contra la abeja, contra el perro y las gallinas y a favor de la mosca, las mismísimas moscas que se posaban en el rostro de Maravilla y que hacen temblar los lomos de los caballos. Y a favor de los rostros austeros de los retratos que esconden colmillos.
Luego que cesan los estruendos una pregunta se incrusta y rehíla en sus corazones.
Desaparecieron más tarde, como desaparecen las preguntas. Mis manos afinaban tierra hasta convertirla en polvo; así jugaba conmigo mismo, mi propio cuerpo en mis manos para no estar allí, o quedarme allí por siempre y pasárselo a las manos de la muerte, a donde había ido a parar. Y aquí estoy ahora, en la calle, un nieto de Maravilla.

 5

Esta noche tan clara, tan inmensa, tan poblada… Puedo identificar las miradas de las estrellas. Son muy cariñosas, están contentas ¿Cómo no habrían de estarlo en tan delicioso espacio? Me observan y sonríen. Se alegran conmigo. Unas son graves, pero no hostiles. En ninguna de ellas puede verse crueldad o apatía. No termina uno de conocerlas, es verdad; pero entre ellas, todas se enlazan, se conocen, se aceptan, se aman. Y hay algunas que brillan con frenesí, tanto, que se acercan a mí y me tocan. Sí, hay mucha, muchísima exaltación entre las estrellas. ¿Qué he de hacer para encontrar aquí a otros como yo? ¡Ah, una tierra de arrebato como el mío, con delirantes felices como yo, con una locura como la locura de las estrellas! ¡Qué armonía!
¡Ah! ¡Una tierra así! ¡Tierra de nadie radiante para todos!
No me he movido de aquí.
Desde la media noche han estado por patios y callejones matando perros y también gallos, y todavía falta para que amanezca. Brincan, gritan, retozan y fogarizan. Y se acercan más a las puertas de las casas. Y yo, en el centro de este maizal solo tengo que esperar a que la llovizna cese y salga el sol. Y las estrellas también sufren, porque lo miran todo; y a mí me toca ofrecerles consuelo.

 6

A juzgar por la danza de sus dedos en la flauta imaginaria, interpreta alguna melodía grácil y saltarina:
-“Por mucho que quiera decidir de nuevo siempre decido en base a aquella decisión trascendente; sobre ella decido, la cual es de arraigo profundo e inconsciente, naturaleza de arrecife. Cuando desespera causa malestar; y para desprenderme de ella busco inocencia total que no encuentro ni existe atrapada en la memoria. Siempre aquello operando ¿Qué hacer? ¿Qué salvación existe? El presente nada ofrece, pared y muro cuyo comportamiento maneja enemigo escurridizo. Habrá que violentarlo para que suelte al mundo y este transcurra agradable, placentero, espontáneo, fácil, inteligente; para que devuelva paz e inocencia al hombre distraído e irreal en que me voy convirtiendo… “
El otro es un pintor que llegó a ser pintor excelente; pudiera decirse prodigioso pintor de paisajes:
-“Compenetrarse, reflejar el paisaje; esa es la clave: hacerse uno con el paisaje.”
Sale a mirar cosas y luego se encierra en el taller con sus lienzos. No recibe a nadie en casa y se asegura de que nadie se entere de su domicilio. Buen conversador, al principio, llega el momento en que aparta de uno su atención, habla sólo de lo que está mirando y se integra al objeto que contempla. Así llega a suceder: ya no se le reconoce ni se le distingue: convertido en permanente, ambulante y cambiante paisaje, resbala al torrente de la súbita y brevísima melodía de la reconstrucción y destrucción de los colores.
Comparten el uno con el otro la misma mesa del cafetín esta tarde y no se hablan ni siquiera se miran el uno al otro, aferrados al mismo madero del naufragio en el mar de los azares. Y allí estoy yo, en medio de ellos, sin saber si son reales o no son reales, si escucharon lo que les dije y si el arresto bajo el que camino sometido es en verdad un arresto.
–Ellos me invitaron-, explico a los agentes de policía, que sonríen entre sí y escupen algo al suelo cuando les digo:
-Sí, créanme, mi abuelo se llamaba Maravilla; y yo solo soy el luciérnago.