Salarrué - Escritos

Un Sueño Extraño
Por Salarrué

Sentado en uno de los bancos del Modelo me encontré ayer con el tremendo Dn. Atanacio. Nos pusimos a charlar y él me contó lo que sigue: “Soñé” me dijo, que era diputado. Esto podría para cualquier persona partriótica ser un sueño a secas, en mi constituyó una pesadilla. De golpe me encontré sentado en una curul y como através de un vidrio turbio, veía a los demás diputados en sus puestos. Al pronto creí que uno de aquellos individuos se podría de pie y como de rigor, pediría la palabra; le darían la palabra, tomaría la palabra y devolvería la palabra con palabra, es decir, multiplicada. Pero no, a mi lado se alzó una figura delgada, un tanto solemne, que tomó la palabra elegante y conceptuosamente. Sin ver la cara del colega le conocí en la voz. ¡cosas de los sueños, amigo!: era el Dr. Araujo, que Dios tenga en su gloria, y aunque nunca le oí hablar, su voz me era familiar.

—Es necesario —dijo— que le cambiemos el nombre al país. Nuestro país es el que lleva el nombre más ridículo en el concierto de las naciones. Se explica que un país se llame Chile, pero que se llame El Salvador es insoportable. Sobre ser el país más chico de América, es el de pero nombre.

No pude contenerme, me puse en pie y dije entusiasmado:

—El Dr. tiene sobrada razón no obstante estar muerto, lo que acaba de exponer me hace pensar en aquél cuento de los siete hermanos que se llamaban: Carlos, José, Miguel, Daniel, Efraín, Emanuel y el último, que era el más chiquirristico y que era el héroe del cuento, se llamaba Candil.

Un Dr. gordo, que era más chico al ponerse de pie, cogió el vuelo la palabra y la gargarizó en esta forma:

—Lo que acaba de decir el honorable Representante pro Gotera, pretendía ser una gracia y es una simpleza. El Salvador es un hombre masculino y por eso es el mejor de C. A. Hago moción pro que se olviden las palabras del Dr. Araujo y que se considere si el Salón Azul se pintara de verde o de besh…

Aquella cosa redonda diciendo “besh”… era simplemente el acabóse. Me preparaba a tirarle un tintero cuando se levantó un general y pidió que la moción del Dr. Araujo fuese repetida porque como él se había desvelado con una serenata que le llevaron a su compañero de pieza, se estaba durmiendo.

—Sí, señores —continuó el Dr. Araujo sin hacer caso de lo que podía el militar. Es simplemente ridículo, no se puede hacer nada serio con semejante nombre.

El H. Rep. por Cabañas lanzó unos cuantos alaridos aprobando la idea.

—Yo dije—, soy de Cabañas, no obstante estoy en el palacio y estoy seguro en absoluto que el nombre de nuestro país es más bien un nombre de iglesia.

El Dr. A. volvió a ponerse en pie y continuó:

—Ya podríamos llamarnos de peor manera dado el exquisito mal gusto de nuestros ancestros. Demos gracias de que este país no se llame El corazón de María, el Divino Rostro” o cosa peor. Dos cosas crearon aquí fantásticamente ridículas: el nombre del país y la bandera. De ésta última ya dí yo buena cuenta en tiempos pasados. Se trataba de una vil imitación de la bandera yanki. Y es que nuestros abuelos fueron siempre amigos de imitarlo todo. Por quedar bien con un par de políticos tontos o de caras melosas no tenían reparo en destruir lo bello para sustituirlo con lo feyo. El país era Cuscatlán (nombre hermoso, viril, sonoro y autónomo) y la sustituyeron por El Salvador, nombre que hace fruncir las cejas a los ingleses, desternillar de risa a los franceses, pujar a los españoles, chiflar a los italianos e insultar a los yankis.

—Además—apoyé—nadie llama tan fácilmente El Salvador a este lugar, por lástima que nos tienen; sólo nosotros que obstinamos en llamarle así. Unos dicen «Salvador», otros «San Salvador»: «El Salvador» sólo puede sonarle bien a uno que por patriotismo se imagina cerradamente que El Salvador está desempeñando tal papel en el mundo siendo que es él quien necesita más que ningún otro que lo salven con urgencia.

—¡Claro, claro! —aprobó un señor que tenía yo a la espalda y que se daba la sensación de un fonografero gritón, de esos ambulantes que habla pro la vocina. Difícilmente podía asegurarse que aquel paisano hablase dentro de él mismo. Tenía unas resonaderas escandalosas. ¡Claro, claro! Nadie va discutir la feyera del nombre, pero como es la Patria y la Patria no se le puede desconocer…… Hay que tomar en cuenta que hay mucho pisto con el nombre, mucho escudo, mucho mapa, mucho papel……

Aquella fiera hablaba tan fuerte que por poco me despierta.

Las únicas dos cosas bellas que el lugar tenía se las quitaron—conviene un pelón—; su nombre Cuscatlán y su bandera azul y blanco que ya recuperamos gracias al honorable difunto que allí aparece.

También—me atreví a decir— poseyendo el país una planta única, sin igual: el bálsamo, dispusieron de la manera más ingeniosa llamarle del Perú.

Concretando—volvió a decir el Rep. A. —yo pido que se cambié el nombre al país devolviéndole su distintivo de Cuscatlán que le hará valer enormemente, ya que es innegable la influencia benéfica o funesta de los nombres. Con ese nombre puede que nos respeten, con el actual ¡jamás! el nombre de El Salvador nació del nombre de la ciudad: San Salvador y no hay razón ninguan para que no podamos volver a llamarnos Cuscatlán, Zalcoatitán o Sonsonate como antiguamente.

—Por otra parte —añadí irreverentemente, —ya sabemos que aquí se puede remover todo sin que se sienta mucho escozor. Aquí todo es provisional. La ciudad es de lata y teja, más que una ciudad es un campamento. Cualquier día levantamos el aduar y amanecemos otra vez en Cojute.

Se cambió la bandera y nadie pió; se inventaron caciques y por lo consigueinte ; se pavimentó la ciudad y santas pascuas; en fin, que aquí se puede quitar y poner todo menos juicio.

Todos aquellos señores me dierón las gracias irónicamente y siguieron discutiendo mmperturvables mientras yo permanecía en mi asiento dejando a mi pesar aquella grata charla de sobremesa con aquellos distinguidos conterráneos y excelentísimos difuntos a quienes no volveré a ver y oír como seguiré oyendo el bendito nombre de El Salvador. Y tremendo Don Atanacio se quitó las gafas, las limpio y se puso a mirar un aeroplano que hacía zanganadas en el espacio.