Salarrué - Escritos

SECCION A CARGO DE SALARRUE
VIVIR
SUEÑO PROFETICO

Un dulce rumor como el rodar del agua de una fuente entre guijarros me asombraba. Venía yo saliendo de la caverna de los sueños confusos, hacia la claridad de su sueño feliz. Me encontré caminando por el césped en el amable rincón de un parque. Todo era primaveral. Aquella música que me atraía no era una fuente sino el canto gozoso de muchos pájaros en el boscaje. Entré en una larga alameda de eucaliptos y balsameros y continué mi paseo de alegría, aspirando el aire riquísimo.

Llegué a una fuente de hermoso aspecto rústico. El agua caía en las pilas derramada en miles de delgados chorritos musicales. Temblaba el cielo de plata y zafiro en el hervidero de las ondas y los círculos del agua.
Variando de rumbo llegué pro entre arbustos a un hermoso bosque de macuilihuas y madrecacaos, en el centro del cual había un prado circular enorme, abierto al cielo, y en el centro un monumento de base circular, con arriates florecidos y que fuera de los acostumbrado, era un monumento más bien bajo que alto.

Fuí acercándome lleno de curiosidad y pro una escalinata de tres planos sucesivos llegué hasta el centro de donde al figura en bronce de un hombre se reclinaba en un cómodo sillón con la cabeza un tanto echada hacia atrás, entornados los ojos pro el resplandor del sol. Aquel hombre era Alberto Masferrer. Cubría sus piernas una manta con calidad de lana y sus brazos se tendían largos sobre los de la silla de paralítico. Su cabeza de vejez juvenil parecía descansar gratamente hundida sobre los almohadones. Miraba al cielo, oía regocijado el canto de sus amados pájaros.

Yo esta asombrado. «¿Cómo?» —me preguntaba, —»si Masferrer ha muerto anoche mismo»… Al pie de la figura había una placa donde leí: «ALBERTO MASFERRER». En otros detalles del momento se hacía alusión a su amor por los niños, por los árboles y por los Pájaros, se le llamaba el «Padrecito del Pueblo», se hablaba de su diáfano estilo y de su persuasiva palabra de patriarca. La fecha del monumento era: «4 de Septiembre de 2032».

Allí estaba entonces, en el centro de un grandioso parque por entre cuyos boscajes, al alzar la vista, se advertía inmutable en su sencillez la cumbre del Quezaltepeque. Allí estaba como el enfermo de aquella prosa suya: mirando e interrogando la nube viajera de acariciadora sombra.

Y yo, tenbloroso de Júbilo, me arrodillé llorando, mientras grupos de niños vestidos de blanco en loca carrera por el prado venían hacía el centro en tan estruendosa algarabía que me desperté al instante. Eran los pájaros de esta mañana triste del pasado, de aquel vetusto 5 de septiembre de 1932.