Salarrué - Escritos

La Profilaxis del Título
Por  Salarrué

¿No creen ustedes que sería una buena campaña la que se hiciera contra el título? —Quizá si… El título [a pesar de lo preestablecido] rebaja la dignidad del hombre en vez de elevarla. Sobre todo aquí entre nosotros, donde no es el hombre por lo general el que tiene el título, sino que el título es el que tiene al hombre. Vemos cómo van las hornadas de muchachos, de generación en generación, bregando por el título, muchos de ellos empujados pro los padres Si nos colocamos ¡muy alto, muy alto! y ¡muy lejos, muy lejos! veremos desde aquella altura, cuando los años se hayan hecho segundos, que la lucha de nuestras juventudes por los títulos, es igual a la lucha de los zipotes por los programas de payasos. A rempujones y codazos, van los mozos, los pobres mozos, a la conquista del almohadón; que no otra cosa es el título en la bella Centroamérica. Una vez conseguido el almohadón, y ellos cómodamente arrellanados en él, ya puede tronar y llover. Todo el problema está ya resuelto; y está ya resultó, porque es muerte, porque es meta, porque ya paranada más ha de servir la vida. Hay un bastón, hay un chaleco, hay una buena panza, un relódioro para ver cómo corre la vida ahí fuera de la tumba; y hay, sobre todo, un solemne respeto para él, un solemne respeto de entierro: todos se quitan el sombrero, todo sinclinan la cabeza, y el pobre «título» no se dá cuenta de que todo esto es un mero rito funerario.

El hombre, al entrar en el bautismo, pierde gran parte de su valor individual: se hace personal. Al llegar al título, acaba de perder su individualidad. Ser Nadie es más, muchísimo más, que ser el Príncipe de Sumilandia, Barón de Chalchum y señor de Payalarga. Comprendiendo los hombres, en su fuero interno, esta gran verdad, empiezan pro quitarles nombres y títulos a los hombres verdaderamente grandes. Porque, cuando se llega a merecer un título, se merecen, por ello misma, el no llevarlo: se dice “Darío” a secas, porque es tan veleidoso el HOMBRE, que el nombre huelga; se dice “Vasconcelos”, se dice “Tagore”, “Martí”, “Bolivar”, “Rodó”, y no Don Fulano o el Doctor Zutanus de Tal. Edison es “Edison”, Unamuno es más que “Don Miguel de”: y así pro el estilo.

Mucho se ha hablado, y se habla, en contra de los títulos; pero no está mal el hacerlo una vez más. Hay que mantener la profilaxis del título, y que sembrar la semilla de la duda en cuanto al valor real del mismo. Porque los títulos no dan nobleza pro el simple hecho de sonar bien, ya que, como reza aquella ingeniosa estrofa:

Es el Don de aquel fidalgo
como el don del algodón,
que no puede tener Don
sin tener antes el algo.