Salarrué - Escritos

ARREGLANDO EL MUNDO
El Problema del Empleado Público
SALARRUE

NADIE duda de que el problema del trabajo preocupa hondamente al Estado y de que dos hombres de gobierno inclinan a menudo la cabeza en procura de un solución satisfactoria. Pero hay un problema mucho más viejo, que debiera ser objeto de estudio detenido hasta encontrar la solución y es el problema de los pagos. El Estado está grandemente desacreditado por su constante incumplimiento para con sus empleados y estos la larga tiene que producir, o ha producido ya, una decadencia moral enorme. Los pagos de gobierno se parecen mucho a un reparto de viveres entre multitudes hambrientas.

El tan corriente término «luego» para designar el empleo de gobierno ha nacido sin duda del procedimiento similar entre un reparto de olla para los perros de casa grande y la manera de efectuar los pagos a los empleados públicos.

El pan es sagrado, y todo trabajador tiene derecho a ser tratado como tal. De nada sirve un Ministerio de Educación Pública cuando el Gobierno mismo da ejemplos de barbarie, como son aquí la renta del guaro y los pagos en ese sistema de si quieres bueno y si no también.

Poca diferencia existe aquí en nuestro país, entre un empleado de Gobierno y un esclavo; y ha llegado a ser tan natural el no pagar cuando se debiera, que posiblemente se tendría por ridículo el procedimiento de un Gobierno que tratara de llevar al día los sueldos de sus servidores, considerando dicho cumplimiento como cosa sagrada, como un deber primordial.
«No hay dinero»: esta no es una razón de empresa seria; y el Estado debe ser la más sería de las empresas. No es cierto que estén los empleados públicos —maestros de escuela inclusive— «salvando la patria todos los años con su sacrificio», porque el Estado es largo en otras esferas y con poco esfuerzo podría estabilizar los sueldos; es decir, la vida de sus servidores. Se siente, casi se palpa el desprecio absoluto que el Estado siente por sus empleados y con razón, porque ellos nunca han hecho el menor esfuerzo para merecer que se les trate dignamente.

Si los servidores del Estado quisieran estar pagados al día, con un pequeño esfuerzo lo habrían de lograr. Es aquí donde cabe la revolución del espíritu, que ha puesto de moda Gandhi en el mundo. Es preciso VIVIR dignamente. Cada hombre está obligado a cumplir sus compromisos con aquellos que le ayudan a vivir, y no puede hacerlo porque el amo no puede o no quiere cumplir con él.

HAY QUE DIGNIFICAR LA VIDA DE LOS QUE SIRVEN AL ESTADO PARA BIEN DE ELLOS Y DEL ESTADO MISMO.