Salarrué - Escritos

JUVENECER
Nudismo Interior

ESPEJO
BASTA, basta de literatura. Un día por fin hemos de escribir la verdad; la verdad, esa mas íntima mentira, nuestra mentira de silencio, la verdad de nuestra eterna soledad; nuestra desnudez interior. Yo ahora me atrevo a hablar para los oídos curiosos, frente a este espejo misterioso, tinglado de una vulgar y sin embargo sublime farsa, donde EL PERSONAJE de hoy, de esta nuestra nueva creación de hoy, gesticula ora trágico, ora clownesco; heroico o sórdido, radioso o majadero, que de todo tiene nuestro extraordinario SALARRUE de esta noche larga y corta.

Salarrué; uno de ellos, un invento, mi creación de hoy. Un ente sólo conocido pro mí, manejado por mí, impelido, personaje ambiguo que intente representar su papel sobre el mundo. Hoy le permito a este complicado ser ponerse frente a mí y verme cara a cara; y aún más, le dejo referir asombrado estas nuevas emociones que a fuerza de sinceras, pueden dar sin embargo origen a una nueva literatura, el desnudismo espiritual. Y entonces la verdad volverá a su cauce de mentira y seguirá su curso hacia el mar.

El ha querido ser un artista; El ha querido ser un filósofo, un príncipe, un sacerdote, un campesino, un pirata, un descubridor… Y todo lo ha sido y nada de ello ha trascendido gran cosa pro encima de sus vestidos. El está unas veces disfrazado de santo y otras de héroe, y otras de monje, y otras de príncipe. El ha sido Sua-Bandara y Onayaz de Ancora; Unaco y Heknever y a veces sobre su pecho lleva el emblema de Eur-Alas Sagatara, heredero de todo un Imperio. Todo verdad y todo nada. A ratos el opulento sensualismo y a veces el hondo favor místico; el escepticismo científico y el panteísmo embriagante de la poesía y de la música. Ha probado muchos senderos y todos los ha regresado; está doliente y feliz con su impotencia y con su fe. Mira, escucha, registra, espera el nuevo día como si realmente hubiera de llegar.

Destruye y construye constantemente, y conoce su pequeñez y su grandeza. Llora, Ríe. Se está silencioso. Alza los brazos en gesto implorante hacia mí o los baja en gesto acogedor hacia lo que sufre e ignora. Procura mostrar siempre su faz de bien, escondiendo temeroso su espalda de mal. Y cuando se ve en mí como en su espejo personal, como no puede verse gran cosa del reverso moral, se siente mejor que peor.

¡Oh, personaje mío, torpe joven de corazón blando y tímida mirada, personaje entre mis personajes: vive tu vida efímera, incolora y aflictiva! Ya amanecerá un día el mundo sin que tu respondas a la hora de la revista. Vendrás a mí y te estrecharé en mis brazos amorosos, ¡pobre hijo mío!, porque has representado lo que yo quería en esta noche haciendo todo y un poquito más.

Tú has querido hacer bien. Tú no sabes cuán difícil es hacer bien. Un día estarás a mi lado y te mostraré desde aquí cómo se hace el bien: ¡pobre hijo mío! Soy yo quien te impulsó, sonriendo desde aquí, de tus apuros; yo te abro las puertas secretas de tu interno ser y te guío de la mano por los espacios ilímites de mi reino que es tu reino. Y tú aprendes, fiel, dúctil y paciente. Mas, cuán pronto te aburres de jugar a una cosa. Un día dejas de soñar en países remotos y aventuras, y te poner a hablar de Dios, ¡con qué audacia!; y toro te prometes arrojar tu filosofía al viento y recoger a puñados las rosas de la poesía, porque encuentras que sólo por medio de la belleza, serás comprendido. Pero hay para tí días negros de impotencia, nublados, que te inducen a volver a la naturaleza, pisoteando todo lo excelso, y vivir una muerte placentera. Y lo que nunca supiste, ¡pobre hijo mío!, es que siempre, siempre y aun ahora que escribes, has tenido razón.