Salarrué - Escritos

SECCION A CARGO DE SALARRUE
VIVIR

EL CONTAGIO DE LA CULTURA

Siempre que hemos discutido el problema de la cultura o incultura popular con los compañeros de trabajo, hemos llegado a la conclusión de que en nuestro país hace falta ese precioso eslabón de la cadena social que se llama la clase media. En El Salvador no hay definidamente una clase media eslabonada, una clase media consciente de su posición y conforme humanamente de ello. Hay sí una clase media virtual, pasiva como tal, expectante siempre en su intento de escape, que se bifurca continuamente hacia la llamada «gente bien» (?) o hacia la llamada «plebe».

Por tal motivo, esa clase media que podría muy bien ser el canal que condujera la cultura de los de arriba hacia la ignorancia y jayanería de los de abajo y el espíritu creador innegable de los de abajo hacia la pobreza moral y manía de importación de los arriba, está obstruido.

La división de las dos únicas clases es casi rotunda y ha dado y dará origen a tremendos problemas de convivencia social. No puede permanecer en armonía una sociedad prácticamente divorciada en sus dos clases predominantes, sin el cojinete atenuante de la clase media que amortigüe las corrientes adversas, tamizándolas pro así decirlo y creando intereses de doble naturaleza.

Por mi parte, estoy convencido de que la cuestión de clases sociales es de origen económico, por lo menos entre nosotros. No niego la influencia del factor sangre, pero esa influencia es relativamente pobre. Ya sabemos por que lo vemos constantemente en nuestro contorno que una persona se clasifica por su mayor o menor cantidad de «pinto».

Los que virtualmente pertenecemos a la clase media debemos dejar de una vez esa actitud de desconcierto, de vacilación y no tender hacia ninguno de los dos bandos porque a nosotros nos toca servir de agentes de contagio de unas y otras cualidades. Pero eso sí, necesitamos la ayuda inteligente del Estado, de las instituciones y personas que pueden prestarla.
Voy a poner ejemplos para que se vea más claro el problema que estoy estudiando. En nuestro país, más que en cualquier otro, se necesita hacer desaparecer las distinciones en público entre una y otra clase.

Ustedes saben la enorme diferencia que hay entre una primera clase y una segunda en los trenes, entre una butaca y una galería en los teatros, entre una cama de pensionado y una caridad en los hospitales. Pues bien, la diferencia de manifestaciones vitales entre las dos divisiones parece justificar la calidad de las divisiones. Esto es: parece natural que a un populacho tan jayán se le dé una galería en los trenes que parece construida para animales. Pero no es así; Es que la cosa influye en las gentes. Es que el desprecio y la falta de cariño da derecho a la rebelión y a la malacrianza. Esa clase media virtual de que vengo hablando, según su grado de inclinación se va a gritar a galería o a protestar en butaca o unas veces a una cosa y otras a otra; se va chotear a la segunda de los trenes o sacrifica su bolsillo pro la comodidad y tranquilidad del alojamiento y ambiente de la primera clase.

Si las empresas de teatro pusieran en galería la misma calidad de asientos de las platea, el termómetro de al cultura subiría varios grado y una razón poderoso para ello es, además del respeto que en sí infunde la comodidad con su parte de agradecimiento, el hecho de que la clase media, que como ya lo indiqué, sólo lo es por razones económicas, buscaría ese nuevo lugar acordado a su economía y a su dignidad y formaría grupos de contagio, grupos de «gente decente» dentro de la «plebe» que por respeto natural se comportaría mejor. Lo mismo ocurriría en los trenes y en los demás lugares públicos. La clase media debe dejar su actitud de virtual y comenzar a prestar su servicio de corrección indispensable y urgente. El Estado debe poner de su parte cuidado en que se mejoren los servicios públicos del proletariado dentro de los cuales no hay que olvidar la vivienda.